jueves, 7 de noviembre de 2013

¡Otra vez!
¡otra vez! la veía llorando por un imbécil, ¡Otra vez! no podía creer lo estúpido que era aquél al perderla, al no abrazarla, al dejarla, al haber desperdiciado la oportunidad de mirarla, de escucharla, de tenerla.
No sabían qué era lo que más rabia le daba, sus manos temblorosas, los dientes que sentía deshacerse por la presión, la cabeza  sentía estallarle y los ojos estaban a punto de las lágrimas; pero de esas lágrimas que llevan la furia contenida;  tan densa que parece dolor. ¿Y su corazón? su corazón hacía mucho tiempo que le parecía un enemigo inerte, sabía que estaba porque lo escuchaba de vez en cuando pero temía que hubiese  reventado de tanto quererla desde tan cerca y a la vez tan lejos.

Y todo este episodio, a mí que lo miro desde lejos, me llena de profunda  tristeza:  el fantasma imposibilitado de tenerla: Es el espectador masoquista, frustrado, en primera fila que sueña a veces que la rodea con sus brazos y ella que tanto desea dejarse abrazar.  ¡perra vida! ¡puta muerte!